Desórdenes obreros en Petrogrado. Alexander Berkman.

Era al comienzo de 1921. Los largos años de guerra mundial, de revolución y de guerra civil debilitaron a Rusia hasta el extremo de la extenuación y pusieron al pueblo en la pendiente de la desesperación. Pero, en fin, la guerra civil terminó: los numerosos frentes fueron liquidados, y Wrangel —la última carta de la Entente intervencionista y de la contrarrevolución rusa— fue derrotado, concluyendo su actividad militar en Rusia. El pueblo esperaba ahora con confianza una mitigación del severo régimen bolchevique. Se esperaba que los comunistas, terminada la guerra civil, aligerarían las pesadas cargas, abolirían las restricciones introducidas durante la guerra, instaurarían ciertas libertades fundamentales y comenzarían la organización normal de la vida. Lejos de ser popular, el gobierno bolchevique era, por el contrario, soportado por los obreros debido a su plan, frecuentemente anunciado, de emprender la reconstrucción económica del país tan pronto cesaran las operaciones militares. El pueblo estaba lleno de celo para cooperar, para prestar su iniciativa y su esfuerzo creador en la obra de reconstrucción del país arruinado.

Desgraciadamente, estas esperanzas fueron pronto frustradas. El Estado comunista no evidenció, de ningún modo, tener la intención de debilitar el yugo. Continuaba la misma política. La militarización del trabajo esclavizaba aún más al pueblo, y éste se exacerbaba más y más por la opresión creciente y por la tiranía. Tal estado de cosas paralizaba toda posibilidad de un renacimiento industrial.

Desaparecía la última esperanza y se reforzaba la convicción de que el partido comunista estaba más interesado en conservar el poder político que en salvar la revolución.

El elemento más revolucionario de Rusia, el proletariado de Petrogrado, fue el primero en protestar. Lanzó la acusación de que, entre otras causas, la centralización bolchevique, la burocracia y la actitud autocrática con los campesinos y obreros eran directamente responsables, en gran parte, de la miseria y de los sufrimientos del pueblo. Gran número de talleres y fábricas de Petrogrado debieron cerrar sus puertas; los obreros se morían literalmente de hambre. Organizaron reuniones para considerar la situación, y fueron dispersados por el gobierno. El proletariado de Petrogrado, que soportó todo el peso de las luchas revolucionarias, y cuyos enormes sacrificios y heroísmo salvaron la ciudad contra Yudenich, se irritó ante los manejos del gobierno. La animosidad contra los métodos empleados por los bolcheviques continuaba creciendo. Los comunistas rehusaban las menores concesiones al proletariado, ofreciendo al mismo tiempo entenderse con los capitalistas de Europa y de América. Los obreros se indignaron. Con el fin de forzar al gobierno a examinar sus exigencias, se declararon huelgas en la fábrica de municiones («Patronny»), en las fábricas del Báltico y de Trubochny, en la fábrica de Laferni. Pero en lugar de discutir la cuestión con los obreros descontentos, el gobierno de los obreros y campesinos creó un Comité de defensa como en período de guerra, con Zinoviev —el hombre más odiado de Petrogrado— como presidente. El fin manifiesto de este Comité era el de estrangular el movimiento huelguista.

El 24 de febrero se declararon las huelgas. El mismo día los bolcheviques enviaron los «kursanty» —los estudiantes comunistas de la academia militar que se preparaban para los grados de oficiales del ejército y de la marina— para dispersar a los trabajadores que se habían reunido en Vasilievsky Ostrov, el barrio obrero de Petrogrado. Al día siguiente, el 25 de febrero, indignados, los huelguistas de Vasilievsky Ostrov visitaron los astilleros del Almirantazgo y los docks de la Galernaya y persuadieron a los obreros a asociarse contra la actitud autocrática del gobierno. La demostración intentada en las calles de la ciudad por los huelguistas, fue dispersada por los soldados.

El 26 de febrero, en la reunión del Soviet de Petrogrado, un conocido comunista, Laskevich, miembro del Comité de defensa y del Consejo militar revolucionario de la república, denunció el movimiento huelguista en los términos más acerbos. Acusó a los obreros de la fábrica de Trubochny de haber incitado al descontento y de ser «hombres que no pensaban más que en su provecho personal y que eran contrarrevolucionarios»; fríamente propuso cerrar la fábrica de Trubochny, proposición aceptada por el Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado, del que Zinoviev era presidente. Los huelguistas de Trubochny fueron, pues, lock-outados y privados automáticamente, por consecuencia, de su ración de víveres.

En las calles de Petrogrado comenzaron a aparecer proclamas de huelga. Algunas de ellas llevaban ya un carácter franca- mente político; el más característico de estos manifiestos, fijado en los muros de la ciudad el 27 de febrero, decía:

«Se ha hecho necesario un cambio completo en la política del gobierno. En primer lugar, los obreros y los campesinos tienen necesidad de libertad. No quieren vivir según los decretos de los bolcheviques: ¡quieren controlar sus propios destinos!
»¡Camaradas, mantened el orden revolucionario! Exigid de un modo organizado y decidido:
»La liberación de todos los socialistas y de los obreros sin partido encarcelados;
»La abolición del estado de sitio; la libertad de palabra, de prensa y de reunión para todos los que trabajan;
»La elección libre de los Comités de fábrica y de los representantes a los sindicatos y a los soviets;
»¡Organizad reuniones, adoptad resoluciones, enviad vuestros delegados a las autoridades y trabajad en la realización de vuestras exigencias.»

 

El gobierno respondió efectuando numerosos arrestos y suprimiendo varias organizaciones obreras. Esta medida aumentó aun más la efervescencia de las masas; las peticiones reaccionarías comenzaron a aparecer. Así, una proclama de los «obreros socialistas del distrito de Nevsky» apareció el 28 de febrero, terminando con un llamamiento en favor de la Asamblea Constituyente:

«Sabemos quién tiene miedo de la Asamblea Constituyente. Son los que no podrán robar al pueblo entonces. Tendrán, al contrario, que responder ante los representantes del pueblo por sus mistificaciones, sus robos y sus crímenes.
»¡Abajo los comunistas odiados!
»¡Abajo el gobierno sovietista!
»¡Viva la Asamblea Constituyente!»

Durante este tiempo, los bolcheviques concentraron en Petrogrado considerables fuerzas militares llevadas de la provincia, y mandaban a la capital del norte, desde la línea del frente, los regimientos comunistas más fieles. Petrogrado fue declarado en «estado extraordinario de guerra». Los huelguistas fueron subyugados por la fuerza y la agitación obrera aplastada con mano de hierro.

Este es el primer capitulo del libro «Kronstadt» de Alexander Berkman.


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